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Desconocidas & Fascinantes

Publicado el mayo 4th, 2015 | por InOutRadio

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Desconocidas & Fascinantes: Daphne du Maurier por Thais Morales. Anoche soñé que volvía a Manderley…

¿Venecia o Cairo? No hablamos de la propuesta de una agencia de viajes. Sino de Daphne du Maurier, la mujer que escribió la historia de una de las obsesiones lésbicas más famosas de la historia: la de la señora Danvers con la señora De Winters, a quien conoceréis mejor si la llamo Rebecca.

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¿Y qué tiene que ver Venecia y Cairo con esta autora, artífice de Rebecca, gracias a cuya película dirigida por Alfred Hitchcock, nació el nombre de una prenda tan otoñal como retro, la rebeca?

Pues que Daphne, aunque estuvo casada con Tommy Browning y jamás se separó de él, tenía una tendencia más que dudosa hacia las mujeres, una tendencia, como ella la llamaba, veneciana. Cairo, claro, era el universo heterosexual.

Daphe escribió en una de sus cartas: “Me gustaría escuchar una discusión, entre dos científicos, acerca de los méritos de Cairo (hombre y mujer) versus Venecia”. Daphne pensaba que Venecia ganaría, al menos para ella, porque se sentía más segura… en Venecia. Y, entonces, cuando discutía con sus amigos acerca de esta doble posibilidad y se daba cuenta de su preferencia, dudaba, gritaba y se debatía: “Dios, dios”, exclamaba, “no lo sé. Realmente yo… ¡debería haber sido un chico!”.

Su padre, Gerald du Marier, con quien mantuvo una estrecha relación –demasiado estrecha según algunas versiones de la época reproducidas en la prensa británica actual- habría deseado que Daphne fuese un chico. Como ella misma deseó al cabo de los años.

En 1947, Daphne, casada desde 1932 con Tom y madre de 3 hijos, se enamoró de una mujer. No fue la primera vez y tampoco sería la última.

Hacía 20 años ya tuvo una aventura con una profesora en París.

Esa mujer que hizo que su mundo de escritora de éxito, madre y esposa más o menos fiel, se viniera abajo. Su némesis fue Ellen Doubleday, la esposa de su editor en Estados Unidos, Nelson Doubleday.

Se conocieron cuando Du Maurier fue acusada de plagio por su novela más famosa, ‘Rebecca’, escrita en 1938. Tuvo que viajar a estados Unidos para responder a las acusaciones y mientras estaba en el Queen Mary, durante el segundo día de travesía atlántica, alguien llamó a su puerta: era Ellen. En la biografía de Margaret Foster, esta escribe: “En una carta que Daphne le escribió a Ellen de vuelta ya en Inglaterra, le explicó cómo, al verla, había retrocedido veinte años en el tiempo hasta que era un chico –sí, decía chico- de 18 años, nervioso, incurablemente romántico y deseando ponerle su abrigo como alfombra”. Sus sentimientos de excitación eran inseparables, no obstante de un intenso sentimiento de terror.

Ellen era Cairo, así que, aunque siempre fue muy amiga de Daphne, le dejó claro desde el principio que no se acostaría con ella. Gracias a esta negativa disponemos de las cartas más intensas de Daphne, en las que la escritora habla acerca de sus sentimientos en conflicto a causa de la atracción que sentía por las mujeres.

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La idea de ser un hombre en realidad y no una mujer, le venía de lejos y se repetía continuamente en su vida. En una carta a Ellen escribe: “He crecido con la mentalidad y el corazón de un chico. Por eso a los 18 años, me enamoré, como un chico lo habría hecho, de alguien que era 12 años mayor que yo”. Y amó a esa persona de todas las maneras posibles. Pero entonces, el chico se dio cuenta de que tenía que crecer y dejar de ser un chico. Así que se convirtió en una chica y el chico quedó encerrado para siempre en una caja. Du Maurier escribió sus libros y tuvo sus pretendientes masculinos y más tarde un marido e hijos y hasta un amantes. Pero a veces abría la caja y dejaba que el fantasma, que no era ni hombre ni mujer, sino un espíritu sin límites, bailara por las tardes cuando nadie podía verla”.

Curiosamente la caja tiene su paralelismo en ‘Rebecca’. La protagonista que da título a la obra, de la que se dice que tenía el rostro de un chico guapo, murió asesinada y su cuerpo quedó atrapado en la cabina de un velero que se hundió en las agrestes costas de Cornualles. Y el intento de que aquella muerte permaneciese oculta, igual que ocurre con el mecanismo de la represión, hacía que aquella ausencia, la ausencia de Rebecca, fuese una obsesión eterna, incesante y perversa. Esa idea de represión, de ocultar un secreto, reaparece  al final de la novela, cuando tras regresar a Manderley –Menabilly- toda la vegetación ha invadido el camino y hasta la casa. ¿Y qué representa la vegetación? Es nada más y nada menos que el impulso sexual veneciano que Daphne Du Maurier trataba de esconder.

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Cuando la autora escribió ‘Rebecca’ creía que tenía controladas sus tendencias venecianas gracias a su matrimonio con Tommy, pero irónicamente fue esta novela la que provocó que conociera a Ellen, la mujer que rescató al chico de la caja de Daphne. Como una caja de Pandora.

La reaparición en el Queen Mary del chico, es decir de su atracción por una mujer como Ellen, de forma imprevisible, la sumió en una tormenta de sentimientos. “Metí al chico en la caja  a la fuerza y te evité durante toda la travesía como si fueras una plaga. Cada día estabas más encantadora. Eso me pudo”, reconoció Daphne en una carta que le envió a Ellen.

A pesar de esta tendencia veneciana, Du Maurier tenía una vertiente homófoba. “Nadie puede sentirse más aburrida con esa gente L que yo. Me gusta pensar que el Jack-en-la-caja era y es único”, decía. De vez en cuando, ese pensamiento no era suficiente y la autora reconocía, a pesar de sus miedos, que su vida había sido una larga mentira “desde que puedo recordarla”.

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Aparte de Ellen, el segundo gran amor veneciano de Daphne fue la actriz Gertrude Lawrence, a la que conoció a finales de los años 40 por culpa de su obra tetral, ‘September Tide’, basada precisamente en su amor prohibido por Ellen. Gertrude interpretaba a Stella, personaje inspirado en la esposa del editor de Du Maurier. De hecho al verla interpretar a aquel personaje, que ella creó con Ellen en su cabeza, sentía que era casi ofensivo que Gertrude intentase parecerse a su gran amor. Pero a medida que transcurrían los ensayos Gertie parecía captar totalmente el espíritu de su personaje y, entonces, Daphne se sintió de nuevo confusa: de repente, Gertrude podía convertirse en Ellen durante unos minutos.

Gertie, diez años mayor que Daphne; Gertie, que odiaba estar sola tanto como Daphne adoraba la soledad… Poco tenían estas dos mujeres en común y sin embargo a Daphne le encantaba Gertie, su humor, su risa, su frivolidad y su glamour.  Un día entró en su camerino y la encontró en sostén y braguitas. “Ponte algo encima o tendré que darte una bofetada en el pompis”, exclamó Daphne sorprendiéndose a sí misma ante aquella ‘frivolité’ . El chico de la caja empezó a dar golpecitos insistentes para que le dejaran salir de nuevo.

Daphne empezó a pensar en la diferencia entre el afecto que sentía por ella Ellen y la necesidad que manifestaba, sin pudor, la Lawrence.

Gertie le escribía cartas en las que le pedía que fuese a verla a Florida para divertirse juntas. Ningún intercambio intelectual, como sí ocurría con Ellen. Y cuando Daphne las leía se sentía menos sola. Y en Florida, porque fue a Florida, con Gertie, se comportó como una adolescente. Y jamás se le ocurrió pensar que la actriz fuese una de aquellas chicas ‘L’, sino más bien una mujer que no se sentía inhibida por ninguna clase de sexo. A fin de cuentas, Gertrude estaba casada por segunda vez, tenía una hija y arrastraba tras ella  varios amantes masculinos y pretendientes a los que nunca dio el sí.

Daphne tenía la sensación de que existía una experiencia de amar y ser amada que ella nunca había vivido. Y no solo se refería a sexo. Se refería a conectar perfectamente con otra persona y eso, evidentemente, podía incluir el cuerpo. Daphne lo había intentado con su marido, con Tom, pero fracasó y en aquel momento de su vida sentía que había vuelto a su auténtica naturaleza. Otra vez el chico de la caja.

Gertie murió a los 54 años, en 1952, y, según Margaret Foster, su muerte dejó a Daphne ‘catatónica’, fuera de sí. La escritora pasó varios días encerrada en Menabilly sin querer ver a nadie, sin comer y sin dormir.

La reacción sorprendió a todos lo que estaban con ella, es decir a su propio marido y a sus hijos. Porque, de hecho, sólo Ellen sabía cuál era la verdadera naturaleza de su relación con Gerti y sólo con ella podía desahogarse. “Tú eres la única que puede entender el significado último de la historia ‘Kiss me again, stranger’. La frase “Aléjate de mí y no mires atrás, camina como una sonámbula”, la dije yo desde mi almohada cuando la dejé ir por úlima vez hace unos días, a las 2 de la mañana…”.

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Finalmente y digo finalmente por la dosis de reconocimiento que lleva implícito el fragmento de esta carta, Daphne asumió de alguna manera su amor por Gertie. “Una vez has amado a alguien físicamente se crea el lazo más extraño (imagino que no siempre, sólo a veces, quiero decir que a veces puede significar no más que jugar un partido de tenis). En este caso, con Gertie, significó mucho”, reconoció Daphne.

La autora de ‘Rebecca’, ‘Los pájaros’ y otras joyas de la literatura inglesa murió en 19 de abril de 1989. Sus camisas a cuadros, sus gorras y sus botas, atestiguan en silencio, en Fowey, un lesbianismo oculto. Tan oculto como la pasión de Mrs. Danvers, la siniestra y gótica ama de llaves de Manderley, por la primera señora De Winter. Una pasión oculta, sí, pero no invisible.

BIBLIOGRAFIA Y REFERENCIAS

‘Rebecca’. DeBolsillo.

‘Rebecca’, la película, de Alfred Hitchcock.

‘Daphne du Maurier’. Margaret Foster. Arrow Books. La biografía que sacó a la luz, en 1993, las tendencias sexuales de Du Maurier.

Artículos de The Independent y del Mail Online. Internet.

‘Daphne’. BBC 2. Un telefilme de la BBC sobre las relaciones de Daphne con las mujeres.



 

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