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Publicado el Agosto 31st, 2015 | por InOutRadio

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Desconocidas & Fascinantes: Vita, la jardinera de Bloomsbury, con Kika Fumero

Poeta y novelista inglesa, Vita Sackville-West pasó a la historia por sus relaciones lésbicas con grandes novelistas como Virginia Woolf; por su férreo matrimonio abierto con Harold Nicolson, también homosexual, y por su agitada vida aristocrática, que le permitió asentarse en otras culturas y enriquecerse con ellas.

Victoria Mary Sackville-West nació en Knole (Kent), en la casa privada más grande de Inglaterra, con 365 habitaciones, 52 escaleras y 7 patios. No es de extrañar, ante semejante mansión, que Vita se enamorara de ella. Esa casa le pertenecía como heredera única, pero las normas de la sociedad de entonces no estaban de su parte y ella, mujer, no podía heredarla. Las manos de Vita quedaron desoladas al no poder moldear aquellos jardines, soberbios y fascinantes, en los que había crecido, por el simple hecho de ser mujer. En 1928, a la muerte de su padre, la casa de Knole pasó a ser propiedad de su tío.

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Sí, la gran pasión de nuestra poeta británica fue, desde siempre, la jardinería. Y a ella dedicó parte de su obra. En 1930, el matrimonio Sackville-Nicolson compró el castillo de Sissinghurst (en el condado de Kent). En él, Vita pudo dar rienda suelta a su ingenio y alimentar su vocación de jardinera. Tenía el don de convertir en magia todo aquello que tocaba. Dudo mucho que imaginara en aquella época que lo que sus manos construían entonces pasaría a ser con el tiempo uno de los jardines más célebres del Reino Unido, patrimonio nacional y propiedad de la National Trust.

Pero no sólo las plantas y las flores admitían su valía; también su pluma (la de escritora) se vio reconocida. En 1927, su largo poema narrativo La Tierra le hizo merecedora del premio Hawthornden, uno de los premios literarios británicos más antiguos. Su madera de poeta vio la luz.

A la corta edad de 10 años conoce al amor de su vida: Violet Trefusis. Asisten al mismo colegio y comparten juntas interminables tardes de juegos infantiles, que derivarían en adolescentes con el paso de los años. Violet Kepple (su nombre de soltera) representó para Vita el descubrimiento de una sexualidad nueva. Por muy natural que la sintieran en su piel, ambas sabían que debían mantenerla oculta. Con Violet llegaron los primeros besos, la primera pasión, los primeros estremecimientos ante el contacto físico del cuerpo deseado: una promesa de amor que duraría muchísimos años.

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Vita se casó con el escritor y diplomático Harold Nicolson. Con él firmó un matrimonio de conveniencia con el fin de acallar las malas lenguas. Como vía de escape y siguiendo la línea del grupo Bloomsbury, al que pertenecían tanto ella como su marido, ambos convinieron un matrimonio abierto y se dieron consentimiento mutuo para acostarse con personas de su mismo sexo. De esta forma, Vita y Violet pudieron seguir viviendo su infinita historia de amor. Esta última también accedió, con el tiempo, a un matrimonio de conveniencia con Denys Trefusis, a quien le puso la condición de no mantener nunca relaciones sexuales con ella. Así de loca era la vida sentimental de los miembros del círculo Bloomsbury. O tal vez sea más oportuno catalogarla como una vida cuerda: se trataba simplemente de buscar el modo de poder hacer cada uno lo que quisiera sin que las leyes que dictaba la sociedad victoriana les cayesen encima.

Junto a Violet, nuestra poeta británica descubre y explora su lado más masculino. Con motivo de un viaje a París, Vita se disfrazó de hombre durante toda la estancia y se hizo llamar Julián. Pretendía con su actitud, no sólo reivindicar su lesbianismo, sino también tener acceso a aquellos lugares en los que únicamente se podía entrar en pareja. Una vez más, el amor agudizaba el ingenio.

Dicen que toda relación tiene su principio y su fin. El lazo que compartían Vita y Violet parecía no tenerlos, pero a principios de los años 20, Vita sospechó que su amante se había acostado con su marido, a pesar de la condición en la que se había fundado el matrimonio, y, sintiéndose traicionada, rompió una relación de 18 años. ¡Insólito!

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Tres años más tarde, en 1923, Clive Bell le presenta a su cuñada: la famosa escritora Virginia Woolf. En seguida se hicieron amantes y se embarcaron en un idilio lleno de pasión sentimental y literaria.

Es buenísimo. No conocía el alcance de tu perspicacia, ni a esa Vita pícara, inquietante, avispada y esquiva”, escribe Virginia Woolf a Vita tras recibir el manuscrito de Pasajera a Teherán. A través de este libro, Vita narra el viaje que llevó a cabo en tren, barco y automóvil por el centro y el sur de Europa, gran parte de Oriente Próximo y Oriente Medio, para reunirse con su marido, destinado en Constantinopla por la diplomacia británica.

Como legado de la historia de amor Vita-Virginia nos queda Orlando, la obra más famosa de Woolf. Nigel Nicolson, el hijo mayor de Vita, llegó a describirla como “la carta de amor más larga y encantadora en la historia de la literatura. En su lista de amantes figuran otras mujeres como Hilda Matheson, directora de la BBC, y la periodista Evelyn Irons; sin embargo, la relación más sólida de Vita fue la que mantuvo con su marido, tal y como demuestran su continua correspondencia en los periodos de ausencia. Si bien es cierto que ambos satisfacían fuera del hogar su vida sexual y sentimental, entre ellos había un vínculo inquebrantable, una complicidad y un apoyo incondicional que fortalecía cada vez más con los años la estabilidad de la pareja. Amistad, admiración, respeto, amor y toda una vida en común con dos hijos como fruto fueron suficientes para que la unión entre ellos se mantuviera por encima de los amantes y amoríos que cada uno vivió por separado.

En 1962 y a la edad de 70 años, una enfermedad tumoral pone en jaque su vida y la vence finalmente el 2 de junio de ese mismo año. Aquel día de primavera tardía se apagaban los ojos de la jardinera de Bloomsbury en su castillo de Sissinghurst y descansaron por fin sus manos. Tras de sí nos dejó una vasta herencia literaria, de la que rescatamos sus dos obras más famosas: Los eduardianos (1930) y Toda pasión apagada (1931).

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Cierro este paseo por la vida de uno de mis personajes favoritos de la época con una cita de ella misma sobre el lesbianismo y les invito a una reflexión, sin olvidar situarnos a principio de los años 20:

No conozco ningún relato verídico de este tipo de relaciones, ninguno que se haya escrito sin la intención de provocar el regocijo vicioso de los posibles lectores. Tengo la convicción de que, a medida que avanzan las edades y los sexos se van mezclando debido a sus crecientes semejanzas, esas relaciones dejarán de ser consideradas meramente antinaturales y se las comprenderá mucho mejor, no sólo en su aspecto intelectual sino en el físico. La psicología de personas como yo será entonces asunto interesante, y habrá de reconocerse que hay mucha más gente de mi tipo que lo aceptado hoy día en un sistema hipócrita. (Autobiografía, Vita Sackville-West).

Más información:

Nigel Nicolson y Vita Sackville-West, Retrato de un matrimonio, Barcelona, Lumen, 1975.

En el blog de Kika Fumero

 



 

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