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Desconocidas & Fascinantes

Publicado el agosto 14th, 2017 | por InOutRadio

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Desconocidas & Fascinantes: Adrienne Monnier, la conciencia de los libros por Virginia Garzón

Aviones militares sobrevolando la ciudad, soldados alemanes patrullando las calles, sirenas de aviso de bombas, disparos, detenciones, deportaciones, hambre y enfermedades. París víctima de dos guerras mundiales. Y, en un local de una pequeña calle de la Orilla Izquierda, gente sonriente y viva que va y viene con un libro bajo el brazo. Salen o entran en una librería llamada La maison des amis des livres. En su interior, su propietaria, Adrienne Monnier, una mujer gruesa, con las mejillas rosadas, tirando a rubia, pelo corto, muy comunicativa y vistiendo una larga falda de lana cruda “hablando de la forma más natural e íntima de gente muy conocida”. La frecuentaron numerosos escritores y escritoras de la época, como Joyce, Beckett, Rilke, Prévert, Hemingway, Proust, Breton, Gide, Simone de Beauvoir, etc. De todos ellos, Adrienne destacó dos como fundamentales: Léon-Paul Fargue, el mejor amigo de la casa al acudir todos los días en el atardecer, y Jules Romains, quien se convirtió en su maestro personal, su gurú, al introducirla en el mundo del unanimismo.

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En el nº7 de la Rue de l’Odéon, “se abrían, se cambiaban, se diseminaban o se marchitaban las ideas en total libertad, en total hostilidad, en total promiscuidad, en total complejidad” y su propietaria, “sonriente, inquieta y vehemente, hablaba de lo que le gustaba: la literatura. Y por eso, al pasar porla Rue de l’Odéon, muchos entraban, como por su casa, la casa de ella, la casa de los libros.”(Jacques Prévert).

Adrienne Monnier nació el 26 de abril de 1892 en París. El padre era cartero y viajaba bastante a menudo y la madre compensaba ese vacío llevándosela cada noche junto a  su hermana menor al teatro, lo que hizo que se convirtiera en su pasatiempo favorito. También la lectura ocupó un lugar importante en su vida. Para ella los libros eran “pequeños vehículos inmateriales que nos transportaban al reino de la mente. Los céntimos que nos costaban no eran en realidad un gasto, sino un óbolo lanzado con alegría a las puertas de un templo”.

Tras finalizar sus estudios superiores a los 18 años, se marchó a Londres, en teoría para estudiar inglés, aunque, según confiesa ella misma, se desvivía por disfrutar en directo las pinturas prerrafaelitas. Allí permaneció 9 meses y se enamoró de Suzanne, una compañera de estudios, pero no fue correspondida. Decidió entonces dedicarse a su gran amor, el arte, y buscó consuelo entre las paredes de los innumerables museos de la capital inglesa.

A su regreso, tomó clases de estenodactilografía para aspirar a un puesto de secretaria literaria. Dos años después pasó a trabajar para Ivonne Sarcey, fundadora de la Univeristé des Annales, donde permanecería tres años. Sin embargo “como cualquier joven, era absoluta y me parecía estar traicionando la mismísima causa de la literatura al quedarme con los triunfadores, cuando había tanta buena faena que hacer enla Orilla Izquierda”.

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Soñaba con abrir su propia librería y la vida, consciente de su talento, quiso ponérselo fácil: ayudada por su padre, quien debido a un accidente de trabajo cobró una sustanciosa indemnización, y favorecida por la guerra, que dejó vacíos numerosos locales y rebajó de forma notable el precio de los alquileres, consiguió inaugurar con sólo 23 años la que se convertiría en la librería de referencia para los amantes de la literatura contemporánea francesa.

Abrió sus puertas en noviembre de 1915 con 3.000 volúmenes. Vendía libros nuevos y de ocasión. Cada uno estaba envuelto con delicadeza en papel cristal y Adrienne conversaba con todas las personas que visitaban la librería sobre las obras que ofrecía. Conocedora de todas ellas, pudo permitirse aumentar la colección a medida que se generaban beneficios, alcanzando en 1926 las 18.400 unidades.

Pero La maison des amis des livres no era una librería cualquiera: también ejercía de biblioteca mediante el préstamo: “resulta casi inconcebible comprar una obra sin conocerla. Expreso un sentimiento general cuando afirmo que toda persona de cierta cultura experimenta la necesidad de tener una biblioteca particular compuesta por libros que le gusten, que tiene por amigos buenos y fieles. ¿Cómo introducir en ese círculo de amigos probados a inoportunos o indiferentes?” Además, durantela Segunda Guerra Mundial, Adrienne incluso enviaba libros a los soldados que estaban en el frente.

Con el tiempo se añadirían otras actividades, como la edición de obras (en 1929 publicó la primera traducción al francés de Ulises, de James Joyce, los gabinetes de lectura o la creación de las revistas de vanguardia: Comerce (1924), Navire d’Argent (1925) y Mesures (1932). Adrienne también era escritora: publicó dos volúmenes de poesía anticonformista: La Figure en 1923 y Les Vetus en 1928, y en 1932, bajo el seudónimo de J.M.Sollier, apellido de su abuela materna, Fableaux.

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Ahora bien, nuestra protagonista fue siempre justa de dinero y le costaba llegar a fin de mes. Incluso tuvo que vender con gran tristeza su biblioteca personal para afrontar las deudas que generó Navire d’Argent. A pesar de todo, afirmaba que “en el oficio de librera las cargas las compensan las visitas hermosas: las de los autores y los aficionados versados. En esos momentos la vida brilla en todo su esplendor, la conversación se tornasola y más de un vez nos deja ebrios y jadeantes”.

Con todo lo narrado, queda claro que Adrienne fue una  pieza clave en la promoción de la cultura literaria en su país: librera, editora, escritora, poetisa, bibliotecaria, organizadora de veladas y encuentros literarios. Aunque, cabe señalar que junto a ella destacaba otra gran mujer: dos años después de abrir la librería, una norteamericana también librera supo de su existencia. Se acercó, miró el escaparate y entró. Era Sylvia Beach. A partir de ese momento se harían grandes amigas y amantes. Adrienne confiesa en sus memorias que “esta joven estadounidense lucía un rostro original, de lo más atractivo. (…) Sus hallazgos solían ser tan felices, tan divertidos, que no tardaban en pasar al uso como si siempre hubiesen existido. (…) era el humor en persona”.

Sylvia enseguida congenió con en el círculo de amistades de Adrienne y en 1919 abriría otra librería especializada en literatura inglesa que se ubicaría justo en frente, en el número 12 dela Rue de l’Odéon. Y así, esa calle se convirtió en la parada imprescindible para amantes de los libros y para las nuevas corrientes literarias.

En 1951, y tras 36 años de intensa actividad, La Maison des Amis des Livres se vio obligada a cerrar sus puertas porque Adrienne padecía la enfermedad de Ménière y se veía incapaz de proseguir. Agotada física y psicológicamente por no responder a ningún tratamiento, y fiel a su condición de mujer valiente, se quitó la vida el 18 de junio de 1955. Sylvia permaneció con ella hasta el final.

Para saber más:

Rue de l’Odéon, Adrienne Monnier; Gallo Nero Ediciones, España, 2011.



 

 

 

 

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