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Déjate Llevar (al huerto)

Publicado el Diciembre 14th, 2015 | por InOutRadio

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Déjate llevar (al huerto) “De tres en tres”

Dicen que tres son multitud, y para algunas personas puede ser cierto. Pero para otras, ser tres en la cama puede ser una experiencia diferente, original y enriquecedora, ya sea practicándola de manera puntual o bien habitualmente. Pero, claro, el ménage à trois es, como mínimo, complicado, tanto en la forma como en el fondo. ¿Sabíais que, según la Wikipedia, este término, ménage à trois, originalmente describía un acuerdo doméstico en el que tres personas que tienen relaciones sexuales habitan el mismo hogar? Por eso se traduce literalmente como “hogar de tres”. Pero actualmente, el término designa más frecuentemente a un trío sexual cuyos miembros pueden convivir o no.

De tres en tres

Después de haberlo hablado mucho, se han decidido, por fin. Las dos lo tienen ahora muy claro. Será esta noche. Ambas llevan tiempo fijándose en la misma chica cada vez que coinciden con ella cuando salen por el ambiente. La chica en cuestión es normal, de mediana estatura, de mediana edad, de mediana belleza… Todo en ella está dentro de la media, y quizá sea eso, su medianía, su normalidad, lo que las atrae.

Cuando llegan a Tú Sabes para cenar, la chica ya está ahí, acodada en la barra frente a su copa de vino blanco. Ni siquiera las mira.

—¿Vas tú o voy yo? —pregunta la primera. Y la segunda no vacila al contestar, visiblemente nerviosa.

—Ve tú, anda, que a mí me da no sé qué.

—Desde luego, si fuera por ti… ¿Estás segura de que quieres probarlo? No tenemos que hacerlo si no queremos.

—Que sí, que sí. Anda, ve. Yo te espero aquí y pido un par de cañas.

—Voy.

Al cabo de nada, la primera vuelve a la mesa donde está la segunda. Viene de hablar con la tercera, la de la barra. La segunda está ansiosa por saber.

—¿Qué? ¿Qué?

—Dice que vale, que la avisemos cuando nos vayamos y que vendrá con nosotras a casa. ¿No te da un poco de miedo?

—Un poco sí, la verdad.

Sin hablar apenas, la primera y la segunda se concentran en su cena, mirando de reojo a la tercera de vez en cuando y pensando en lo que ocurrirá más tarde en su casa, cuando estén las dos desnudas frente a una desconocida, también desnuda. Se preguntan cómo será hacer el amor a tres bandas, quién llevará la iniciativa, qué ritmo se va a establecer entre ellas, qué complicidades se crearán, cómo se colocarán, qué sentirán, cómo se sentirán… Todo eso se preguntan, con cierta sensación de aventura y un punto de preocupación. Todavía no se han terminado el postre cuando la tercera se acerca a su mesa.

trio

—¿Nos vamos ya? Tengo un poco de prisa esta noche.

—¿No quieres tomar un café con nosotras? —contesta la primera con una pregunta que sólo intenta demorar un poco más el encuentro sexual.

—No —sentencia la tercera— mejor lo tomamos en vuestra casa. Os espero en la calle. ¿Vais en coche?

—Sí, te llevamos —contesta la segunda con timidez.

Ya en casa, mientras la primera prepara café para las tres, la segunda y la tercera hablan en el salón.

—¿Dónde queréis hacerlo? —pregunta la tercera, a lo que la segunda contesta con un carraspeo inicial que delata su incomodidad frente a una pregunta tan directa.

—Ejem… Bueno, mejor en la cama, ¿no? Somos un poco tradicionales en eso. ¿Te parece bien?

—Lo que digáis. Por mí, como si queréis hacerlo en el balcón.

—¿En el balcón? ¿De verdad lo harías en el balcón, a riesgo de que nos vieran?

—Claro, ¿por qué no? El exhibicionismo me da morbo, ¿a ti no?

—No, yo prefiero la intimidad del dormitorio.

La primera entra en el salón con los cafés. La tercera toma una taza y bebe de un trago, a pesar de que el café está casi hirviendo. Parece tener mucha prisa.

—Tú has hecho esto muchas veces, ¿verdad? —pregunta la primera.

—Algunas —contesta la tercera, y añade— en cambio, se nota a la legua que vosotras sois primerizas—. Y sin decir más, empieza a quitarse la ropa. En pocos segundos, está completamente desnuda y echada en el sofá. La primera y la segunda se miran asombradas, deciden dejar el café para más tarde y se desnudan también. Al cabo de media hora escasa, todo ha terminado. La sesión ha sido corta pero intensa, tan intensa que la primera y la segunda están exhaustas en el suelo, sobre la alfombra de IKEA. Pero la tercera ya está vestida y dispuesta a irse.

—Bueno, chicas, ha sido un placer. No habéis estado mal para ser la primera vez. Serán trescientos.

—¿Trescientos qué? —pregunta la segunda.

—Euros, trescientos euros. Cien por cada una y cien más en concepto de mano de obra y desgaste físico. Es mi tarifa habitual para tríos. En efectivo, por favor.

Y la primera, sin inmutarse, se levanta del suelo para buscar su cartera en el bolsillo de su chaqueta, que está colgada en una de las sillas de la mesa del salón. Saca seis billetes de cincuenta euros y los entrega, doblados, a la tercera.

—Muchas gracias. Cuando queráis repetir, ya sabéis dónde encontrarme. No hace falta que me acompañéis hasta la puerta, conozco el camino. Adiós.

—Adiós, —balbucea la segunda mientras la tercera se aleja. Al cabo de nada, la primera y la segunda oyen un ruido seco, es la puerta de la calle al cerrarse. Se miran, derrotadas, y la primera se dirige a la cocina para recalentar el café. Esta vez sí se lo tomarán, lo necesitan. Cuando vuelve al salón, pasados unos minutos, la primera parece preocupada.

—¿Qué te pasa? —le pregunta la segunda, que sigue tumbada sobre la alfombra del salón.

—Nada, es sólo que…

—¿Qué? —insiste la segunda. Y la primera, negando con la cabeza y con media sonrisa en los labios, como diciendo “qué idiotas somos”, formula una pregunta que flotará en el aire durante varios días.

—¿Tú has quitado el cuadro del pasillo, el del pintor ese medio famoso, que nos regalaron tus padres cuando nos casamos?

La Polli-Carme Pollina

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